El por qué del para qué

Cambiar el deseo por obtener explicaciones lógicas por el sentido o propósito de una circunstancia para la vida no solo ayuda a manejar las emociones difíciles, sino que permite direccionar la vida de una forma más aportante y constructiva después de la tragedia.

MANEJO EMOCIONAL

Luis Zafra Zafra

9/15/2021 3 min read

¿Por qué? ¿Por qué a mí?

Son preguntas que nos hacemos con mucha frecuencia, especialmente en los momentos de dificultad. Esperamos que nos den algún tipo de explicación, de guía e incluso de esperanza que nos permita seguir soportando lo insoportable. Sin embargo, son pocas las veces en que esas preguntas se responden, dejándonos con un vacío profundo que no permite darle sentido a lo que está pasando.

Somos coleccionistas de los por qué de la vida.

Seguramente todos tenemos una lista larga de por qués que justifican nuestro temor a la vida, nuestros remordimientos o nuestras amarguras. Nos hemos dicho muchas veces que si tan solo supiéramos por qué, podríamos dejar todo atrás para enfocarnos en el presente.

Es como si esa insistencia en saber las causas y las razones fuese la estrategia preferida para procesar las emociones del momento de una forma más lógica y racional. No obstante, parece no ser lo suficientemente satisfactoria como para ayudarnos a superar el dolor y la pérdida.

Hace algunos años dictando un taller de conocí a una pareja que me marcó profundamente. En apariencia eran una pareja común y corriente, pero su historia esconde un momento oscuro de dolor muy grande: la pérdida de su hijo.

Fue en uno de esos momentos “perfectos” de la vida, donde eran "exitosos", tenían dinero, reconocimiento, bienes, viajes. Todo lo que cualquiera podría desear. La tragedia los alcanzó en una noche de fiesta donde todo era alegría y celebración, brindis, baile y música. Y un descuido de pocos minutos fue suficiente para que su hijo de 3 años terminara su corta existencia flotando en la piscina.

— El dolor fue inmenso, la rabia, la impotencia, la confusión, la amargura, la culpa... Mil sensaciones que se asomaban cada vez que nos preguntábamos ¿por qué nos había pasado esto a nosotros?

Responder a esa pregunta puede ser hasta sencilla, porque todo se resume a un descuido. ¿Por qué pasó? Porque no tomaron las suficientes medidas de seguridad para evitar que algo como eso pasara. Sin embargo, esa respuesta no trae el consuelo esperado a unos padres que acaban de perder a su hijo.

Y, además, supongo que cada vez que surgía “¿por qué?” la culpa hacía su aparición, volviendo todo más difícil, doloroso y vergonzoso. Se vuelve un círculo vicioso: quiero saber por qué, la respuesta lógica trae culpa y vergüenza, me siento peor… y vuelvo a desear saber por qué.

¿Cómo romper ese círculo vicioso?

— El dolor nos iba destruyendo, hasta que alguien nos preguntó si nos habíamos preguntado para qué creíamos que nos había pasado esto.

— Al principio no lo entendimos, nos tomó un tiempo pero con el paso de los días empezamos a dejar de vernos como víctimas, a reconocer con responsabilidad quiénes éramos y lo que habíamos hecho de nuestras vidas. Nos dimos cuenta que lo que creímos era “éxito” nos estaba alejando y acabando como familia y personas.

Cambiar el deseo por obtener explicaciones lógicas por el sentido o propósito de una circunstancia para la vida (¿para qué?) no solo ayuda a manejar las emociones difíciles, sino que permite direccionar la vida de una forma más aportante y constructiva después de la tragedia.

— El dolor empezó a ser llevadero, la responsabilidad reemplazó a la culpa, la ausencia la convertimos en buenos recuerdos de él y momentos de familia. Recordamos que la familia empezó con la pareja y la pareja con cada uno de nosotros.

Buda decía que “el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional”.

En la vida todos tenemos momentos dolorosos, de esos definitivos que marcan un antes y un después en nuestra historia. Pero nosotros decidimos si vamos a vivir el resto de nuestras vidas sumidos en el sufrimiento por la falta de explicaciones lógicas o la ausencia de respuestas a los “¿por qué?” que solemos plantearnos.

— Y hoy aquí y ahora nos has recordado que solo morimos cuando nos olvidan, que lo importante es ser mejores evitando cometer los mismos errores y que todo esto pasa cuando dejamos de solo preguntarnos “¿por qué?” para empezar a respondernos “¿para qué nos pasan las cosas?”.

— Gracias por todo lo que nos has regalado hoy, una vez más confirmamos que la vida se resuelve mejor y más fácilmente cuando respondemos para qués.

Ese día aprendí que aún los dolores más grandes se pueden superar si nuestras vidas tienen sentido. No se trata de resignación pasiva que nos lleva a vivir como víctimas, sino de una aceptación que nos ayuda a entender que somos los protagonistas de nuestra vida.

Desde ese momento estoy convencido de que la resiliencia es el camino.